Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso by Miguel Delibes

Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso by Miguel Delibes

Author:Miguel Delibes
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_classic
Published: 2009-08-15T23:00:00+00:00


E.S.

26 de julio

¡Dios mío!, querida, ¿eres tú? ¿Es posible que seas tú esa muchacha vivaz, libre, despreocupada, que alza los brazos al cielo, arrodillada en la arena? Ante tu cuerpo semidesnudo (apenas dos minúsculas piezas cubriendo tus partes pudendas), concluyo que es posible vencer al tiempo. ¿Te ofenderás si te digo que no aparentas la mitad de la edad que tienes? Me siento turbado, querida, como un adolescente ante la primera imagen erótica, aunque también viejo y desbordado, no lo puedo remediar. Desde que Moisés me trajo ayer tu carta con la fotografía, estoy en pleno arrobamiento. Pensé escribirte enseguida, pero mis manos, todo mi ser, ha quedado paralizado ante tu belleza. Pocas mujeres, a tu edad, afrontarían la prueba de fotografiarse en dos piezas. Perdona la indiscreción: ¿qué años hace que te tomaron esta fotografía? Acabas de salir del agua, ¿no es cierto? Tus cabellos, sin perder el tono rubio, están mojados, lacios, adheridos a la frente y por tus antebrazos resbalan dos gotas de agua que brillan al sol, donde tú miras. Tu nuca queda en la penumbra, despejada, pero ¡qué acabada unión la de tu cabeza con el tronco, qué curva tan grácil y armoniosa! Cuando se dice que la mujer es en esencia una línea curva nadie repara en ese arco, aparentemente trivial y, sin embargo, tan importante. Es frecuente que la cabeza no concuerde con el tronco, que cada uno tire por su lado. En ti sucede lo contrario, la cabeza es una prolongación del cuerpo y en tus movimientos, ¡esos brazos gloriosamente levantados!, hay una euritmia, un equilibrio adolescente, si que también un deseo inmoderado de vivir. Luego, el color. Ese tono avellana de tus hombros, tímidamente difuminado en los costados y las caderas, imprime relieve a tu cuerpo. ¡Qué bien te ha tomado el sol! La facilidad para captarlo es una prueba más de tu noble calidad de carne. Hay personas a las que no toma el sol, pieles que repelen el sol, donde el astro rey rebota impotente día tras día. Suelen ser seres de epidermis cerúlea, fría, viscosa. Tú, en cambio, asumes el sol, lo acoges y sus rayos doran tus miembros, tus hombros de efebo, todo.

¿Qué más? ¿Es que hay más?, te preguntarás. Y lo hay, querida; hay ese vientre terso, tirante, donde uno se resiste a admitir que hayas albergado tres hijos; hay esos muslos largos, torneados, potentes, acogedores, propios de una atleta de veinte años. Hay, en fin, la gracia indescriptible de tus senos, mínimos y prietos como dos piñas, semejantes a los de mi difunta hermana Rafaela cuando hace años se soleaba en esta misma galería donde ahora escribo ¿Diste el pecho a tus hijos, amor? Sencillamente increíble.

En una mujer es un error analizar detalle por detalle, los ojos por un lado, la cintura por otro. Lo que hay que mirar es la adecuación, si esta nariz concuerda con este cabello y este cabello con estas caderas. ¿Que no tiene nada que ver una cosa con la otra? Falso, querida, eso es un prejuicio falso.



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